Gabriel Parra

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En la lógica de las bandas de rock, los bateristas no suelen recibir trato de líderes. Pero Gabriel Parra nunca fue un baterista convencional, y por eso su muerte se define hasta hoy como un golpe irreparable para la biografía de Los Jaivas. Por técnica, carisma, liderazgo y creatividad, el músico se convirtió en uno de los pilares de la creación popular chilena, y el impacto ante su talento cundió varias veces entre especialistas extranjeros. Incontables instrumentistas jóvenes locales aseguran haber decidido su vocación luego de ver en vivo la fuerza incombustible del que es considerado, casi sin disidencia, el mejor baterista de nuestra historia.

Baterista, productor, animador

Los Jaivas fueron, sin interrupciones, el único vehículo artístico en el que Gabriel Parra Pizarro dirigió su talento. Como muchos niños, sus primeras aproximaciones a la percusión se dieron entre ollas y cañerías de la casa familiar, en calle Montaña de Viña del Mar. Pero la decisión de convertir a ese ruido en profesión fue quedando clara entre sus cercanos desde su temprana adolescencia. Poco después de cumplir los quince años, Gabriel ideó junto a sus hermanos mayores, Eduardo y Claudio, una orquesta bailable que animara fiestas con estándares de bolero, chachachá y rumbas. La incorporación de Mario Mutis y Eduardo Alquinta consolidó al grupo como The High Bass en el año 1963.

“Gabriel Parra Pizarro, jajajajá. Bueno, este cabro sí que es divertido. Tocaba trompeta y se le ocurrió que sabía tocar batería y los otros tontos le aguantaron”.

La descripción, escrita por el propio Gabriel Parra, aparece en un diario de vida de 1963 citado en Los caminos que se abren, la biografía redactada hacia el año 2002 entre Los Jaivas y el periodista Freddy Stock. Efectivamente, no había hasta entonces en Gabriel Parra más formación musical que un impulso indomable por golpear platillos y bombos. Pero su convicción animaba también el engranaje humano de The High Bass, que tuvieron en él a un organizador entusiasta y hábil estratega. La primera presentación en Santiago, por ejemplo surgió por el permiso que Gabriel consiguió con la municipalidad de Providencia para que el grupo ocupara el escenario del Parque Bustamante durante el penúltimo día de 1969.

“Fue el primero de Los Jaivas en venirse a vivir a Santiago a conquistar la capital”, recuerda el músico Freddy Anrique en un registro para el sitio jaivamigos.cl. “Nos hicimos muy amigos, y [yo] lo ayudaba a producir los conciertos acá, lo que significaba pegar afiches, recopilar equipos de amplificación prestados por otros amigos músicos. Siempre muy acelerete. Tenía que recordar mi tiempo de atleta de la UC para seguir su tren”.

Con el tiempo, esa fuerza pasaría a formar parte sustancial del carisma de Los Jaivas en vivo. Entusiasta, histriónico, pero además elegante y de atractiva reciedumbre, Gabriel Parra era, para muchos, el imán ineludible de miradas sobre el escenario. Decenas de factores lo fortalecían como performer: su técnica veloz, su guía rítmica (protagónica en canciones como “Corre que te pillo” o “La quebrá del ají”), su diseño impresionante para una batería que, con los años, se convirtió en una máquina apabullante ajustada a sus pretensiones, y que combinaba las partes básicas del instrumento con añadidos como tumbadoras, tormento, maracas, bombo legüero, cencerro, tarka y campanas tubulares, entre otros recursos. Gabriel no concebía su función dentro del grupo como la de una mera base rítmica, sino como pilar del vuelo creativo y visual que quería que tuvieran Los Jaivas: podía tocar con los pies y, a la vez, soplar una trutruca, o salir a bailar adelante con una máscara de diablo de La Tirana. Ideas tomadas del folclor callejero (como los chinchineros) y el rock progresivo enriquecieron su espectáculo.

“Gabriel Parra, flaco, alto, con una pinta de Jesucristo indisimulada, hace de relacionador público del conjunto Los Jaivas. Llama la atención, entre otras cosas, por su vestimenta blanca. Se ve liviana, cómoda, limpia. Confiesa que está confeccionada por su compañera, la Quenita, y que está hecha de tela de saco harinero”. La descripción del diario Clarín, para una nota de octubre de 1971, da pistas sobre el carisma personal del músico y también de su relación con Eugenia Correa, la compañera con la que tuvo en 1970 a su hija Juanita y con la cual se radicó en Argentina y luego Francia junto al resto de Los Jaivas poco después del Golpe de Estado.

El baterista participó siempre en la composición de canciones y, con el tiempo, se afianzó como intérprete de charango. Su voz se escucha como canto solista de al menos tres temas de Los Jaivas (“La vaquita”, “Desde un barrial” y “Final”, de Alturas de Machu Picchu) y en los parlamentos de “La verdad / Ahora soy una isla” y “Violeta ausente”, en el álbum tributo Obras de Violeta Parra (1984). Sus participaciones como sesionista fueron escasas, pero es suya la batería del tema “La compañera rescatable”, en el disco De aquí y allá (1971), de Isabel Parra.

Elogios en el extranjero

Su perfeccionismo escénico convirtió a Gabriel Parra con el tiempo en un cotizado productor escénico. Durante la residencia de Los Jaivas en Francia, y cuando la baja en el ritmo de conciertos enfrentó al grupo a algunos apremios económicos, el músico aceptó un puesto de chofer de una empresa de transporte de equipos desde donde pasó a hacerse cargo de las presentaciones de una cantante francesa como jefe de escenario, según se registra en Los caminos que se abren.

El músico se adaptaba bien a Europa, y su técnica cosechó elogios puntuales llamativos, como la crítica aparecida en el semanario inglés Music Week, luego de un show de Los Jaivas en Londres, en marzo de 1979: “Gabriel Parra es un baterista de clase mundial, siguiendo una línea melódica y manteniendo la métrica de cada interpretación cuando desarrolla un solo, o transformándose en un salvaje con espasmos fuera de tiempo”.

Pese a ello, Parra asumió con entusiasmo la decisión de Los Jaivas por reinstalarse en Chile. Su gira nacional de regreso, entre marzo y abril de 1988, fue vista por el baterista como el preámbulo para una gira especial por Perú, donde Gabriel pensaba organizar un concierto único en Nazca, motivado por su interés personal por la cultura incaica. Luego de un último concierto en el actual Teatro Teletón, el 8 de abril, el músico tomó un avión a Lima para comenzar con la organización. La mañana del 15 de abril salió de su hotel en la capital y tomó la carretera Panamericana rumbo al sur, acompañado sólo de una productora peruana. Pasado el pueblo de Paipa, 380 kilómetros al sur de Lima, el automóvil chocó con un monolito justo en un ángulo conocido entre los locales como “la curva del diablo”. Gabriel Parra falleció en minutos.

La despedida popular al músico se cuenta entre los encuentro más multitudinarios presenciados alguna vez en la Quinta Región. Decenas de miles de personas salieron a la calle en Viña del Mar a recibir el féretro, y entraron luego junto al grupo al cementerio Santa Inés. Hoy Gabriel Parra descansa en el cementario Parque del Mar, cerca de Concón. El álbum Si tú no estás (1989) fue el tributo de sus compañeros a su memoria. Su hija, Juanita Parra, ocupa el puesto de baterista de Los Jaivas desde mediados de los años ’90. —Marisol García.